domingo, 30 de noviembre de 2025

La vida contemplativa desde la perspectiva de Byung-Chul Han, Una invitación a la inactividad y a la atención

 Sin duda he vivido demasiado tiempo en las montañas,
y he escuchado demasiado tiempo a los arroyuelos y a los árboles:
ahora les hablo como si también ellos fueran cabreros.
FRIEDRICH NIETZSCHE

Atención. Demorarse. Buscar el aquí y ahora, el incesante instante. Una imagen: el  cazador que persigue a su presa, el cazador que tiene un objetivo claro, no deambula, no se pierde, su camino es siempre el encontrar, su camino es claro en tanto hay algo por lo que cazar, alimentarse, hacer feliz a su amada. Pero la atención contemplativa va más allá, “es lo contrario de la vigilancia del cazador. No busca ni caza, sino que escucha atentamente y se demora”. (Byung -Chul Han, Sobre Dios, Editorial Paidós, 2025, p.16)

Un señor corre por las calles de  Montevideo, la lluvia es torrencial, él va al centro de su ciudad para que le arreglen su reloj, tiene prisa, después de eso tiene una visita con su amada, y no puede llegar tarde. Debido a ese maldito reloj defectuoso llegó tarde la última vez, y ella le dijo que eso, que sería la última vez si no arreglaba su maldito reloj. Entonces, antes de verla, se encamina por la ciudad como si la ciudad fuera un espejismo, uno que no requiere mucha importancia, ni siquiera un escenario, simplemente un dispositivo para transitar, un no-lugar por el que se pasa, tristemente para llegar a aquello que queremos. Arreglar el reloj. Vernos con nuestra amada.

Del otro lado de la calle un hombre mira al señor, lo ve luchar con su paraguas, lo ve como se le desvencija, como se le mueve para un lado para otro sin mucha dirección clara, ve al señor correr con sus piernas toscas, y lo ve perderse en un negocio de relojes, evidentemente cansando. El hombre, entonces, después de mirar al señor mira a una señora, que lleva unas bolsas del supermercado bien apretadas, y que camina sin mirar, después se detienen en otra chica, que le resulta muy bonita y que camina de una forma danzarina, después un perro se le acerca y lo huele, lo acaricia, después se pierde por la ciudad de nuevo, deambula, sin un ánimo fijo, sin nada más apremiante que sus pensamientos, que van, que vienen, y la ciudad, que es el escenario del mundo.

El flaneur es la figura mítica de aquel París del siglo XIX, inmortalizada por Walter Benjamin y Charles Baudelaire. Un fragmento de un poema de este último retrata el sentimiento de estos sujetos: 

¡París cambia, pero nada en mi melancolía/ ha variado!, andamiajes, palacios, nuevas casas,
viejos barrios, para mí, todo, todo se torna alegoría/ y mis caros recuerdos me aplastan como rocas.

 (Charles Baudelaire, Las flores del mal, Editorial  Alianza, 1982, 1857 (original), p.127)

Este yo lírico se encuentra con el mundo, con el cambio incesante que la revolución industrial y el capitalismo va haciendo de su París. En ella el sujeto se va encontrando con la ciudad y ante esta nacen en él los sentimientos, la melancolía que lo atrapa, los “caros recuerdos”, el flaneur se encuentra con el mundo mientras se encuentra consigo mismo, y en esta contemplación nace también el recuerdo. En su libro “Sobre Dios”, Han nos habla del recuerdo con estas palabras: “la verdadera fuente del gozo no es el pasado que resplandece súbitamente en un instante, sino el instante en sí. Ese puro gozo nos embargará en la medida en que vivamos el instante sin mirar hacia los lados.” Hay en Han un llamado a absorber ese ahora, esos personajes que van apareciendo en la ciudad, que le van apareciendo; el flaneur en tanto absorbe también se pierde, hay una indecisión característica en él, una duda, un caminar sin rumbo. Han rescata al flaneur porque ve en él un ejemplo de la inactividad, y ve en la inactividad un camino hacia la vida contemplativa.

Volviendo a la figura del cazador que fue planteada al comienzo de este texto, debemos detenernos en una especie de mirada histórica, si se quiere, haciendo vuelta al pasado. Ese cazador entonces está en gran vínculo con el humano salvaje, uno que sus mandamientos son procrearse y alimentarse. En la sociedad del cansancio Han hace un retrato de este ser, “el animal salvaje está obligado a distribuir su atención en diversas actividades. De este modo, no se haya capacitado para una inmersión contemplativa”. Han busca al salvaje porque ve en nosotros una vuelta a cierta forma de cognición, que no es otra que la alabada “multitasking”. Creemos que es una suerte poder estar en  mil lados a la vez, en cuanto más actividades estemos, mientras las hagamos productivamente, más mejor. Hay una ética de la productividad, en la cual buscamos como ideal la eficiencia y el hacer, sin darnos cuenta que es lo que sacrificamos al volver a ese estado salvaje. La propuesta de Han es abismal, en el sentido que para él la forma de entender la productividad nos lleva a perder la civilización, la cual está fundada en los principios de la atención y contemplación profunda.

La civilización es algo de largo aliento. Con sus figuras centrales. Siguiendo a Han podríamos pensar que Sócrates es una figura clave en esta forma de organización y de vida. Para nuestro autor Sócrates es el  “prototipo del genio de la atención”. Cuenta la historia que Sócrates una vez se detuvo en el amanecer a pensar, estaba de pie y probablemente con la cabeza un poco gacha, parecía que algo dentro suyo lo perseguía, y no podía dejarlo, se quedó parado dándole vueltas, personas fueron a sentarse cerca de él en el mediodía, viendo si aquel hombre resistiría hasta la noche. Así fue. Se quedaron a dormir cerca de él y cada tanto alguno se despertaba para ver si seguía metido en sus pensamientos. Cuando volvió a amanecer, Sócrates le rezó al sol y continuó su día, yéndose de donde había pasado un día entero.

Es en este momento, a partir de la vuelta hacia Grecia antigua, que podemos dar un vistazo a otras miradas acerca de la vida contemplativa. Fue Aristóteles el teórico que mayor popularizó este término, y la toma de Han del mismo no es casualidad. En la “Ética a Nicómaco”, la vida contemplativa parece ser aquello que todos deberíamos buscar como vida ideal. Allí se hace un gran esfuerzo por catalogar las diferentes formas de vida feliz, ya que la mayoría de la gente cree que la felicidad es aquello que buscan, pero no es consenso común cómo encontrarla. La vida voluptuosa es aquella del vulgo, la vida de los placeres, del vino y el sexo y todo aquello que satisface al cuerpo; la vida de los negocios es, como dice el nombre, aquella del trabajo y del rendimiento en afan de lo economico; la vida política es la de los honores, los aplausos; pero, ¿qué tienen estos tipos de vida que no son aquellos que, segun Aristóteles, deberíamos alcanzar? Primero, cada una de estas vida parece que no son un fin en sí mismo, se quieren sus objetos pero en tanto podamos alcanzar otra cosa, la felicidad. Son medios para un fin. Asimismo, la autarquía parece que no entra en juego,  somos dependientes, para no decir adictos, para alguien voluptuoso se le será necesario beber vino, es dependiente del vino; para alguien que tiene un negocio es dependiente del dinero que gane; para los políticos son dependientes de los votos y las medallas. Pero, ¿qué tipo de vida entonces cumple estos requisitos? Para Aristóteles no es otra que la vida contemplativa, ella se busca por sí misma,  en tanto contemplamos por contemplar, y asimismo no dependemos de nadie para pensar, solo de nosotros y nuestro intelecto. Hay aquí algunos detalles que quiero marcar. Primero está la cuestión de lo divino. Para Aristóteles debemos buscar aquello que está en consonancia con lo más elevado en nosotros, y para él el intelecto es lo que nos separa del resto de seres vivos, lo que nos hace únicos, si sacamos a los dioses del juego, para él la contemplación es la actividad de los dioses, en tanto ellos no necesitan de bañarse o comer, pueden estar todo el tiempo contemplando, son entonces puro acto. Aquí está la trampa, el humano no puede estar todo el día enfrascado en sus pensamientos (a menos que seamos Sócrates, claro está, pero no todos somos Sócrates), necesitamos de ciertos bienes exteriores. En este punto se observa el sentido común de Aristóteles, en su concepción del sujeto contemplativo no quita que necesitemos otras cosas, ni tampoco quita a los amigos, el sujeto contemplativo puede tener amigos o colegas, y estos pueden ayudarlos en sus propósitos de llegar a las grandes verdades. Pero son amigos con una especificidad, no son amigos por utilidad o por placer, son amigos compañeros de discusiones, que pueden conseguirse después de haberlos conocidos en  profundidad, amigos de gran virtud.
 
¿Pero qué cosas toma Han de Aristóteles? o mejor ¿qué cosas agrega? Parece que la vida ideal que plantea Aristóteles es una vida netamente intelectual. Han parece tener una noción más ambigua, más abarcativa, de lo contemplativo. En su libro “La vida contemplativa”, se habla de fiestas, de flaneurs, de ayunos espirituales, de rituales.

La verdadera felicidad se debe a lo vano e inútil, a lo reconocidamente poco práctico, a lo improductivo, a lo propio del rodeo, a lo desmedido, a lo superfluo, a las formas y gestos bellos que no tienen utilidad y que no sirven para nada. (...) Andar paseando parsimoniosamente, en comparación a caminar, correr o marchar hacia algún lado, es un lujo. (...) El ceremonial de la inactividad es: hacemos, pero para nada.

(Byung-Chul Han, La vida contemplativa, Editorial Taurus, 2003, p.15-16) 

Para Aristóteles la contemplación tiene otros fines, podríamos decir incluso que productivos. En tanto Aristóteles piensa la contemplación como una cercanía con la verdad, y con lo que podemos llamar pensamiento filosófico, su utilidad radica en poder alcanzar pensamientos o conceptos o ideas. Mientras, por otro lado, el contemplador de Han, como el flaneur, no busca llegar a algo más elevado, si se me permite, su búsqueda no lleva a ningún lado, su búsqueda es una no-búsqueda. Y quizá allí radica su gran libertad, y lo que para nosotros, seres del capitalismo tardío,  nos parece algo extraño y hasta estúpido defender el hacer nada, la inactvidad. Ya arrancan las preguntas, ¿qué ganas con eso? ¿Cual es tu objetivo? Algunos pensarán, ¡genial!, haré nada para  después hacer más. Para optimizarme. Este tipo de personas ven la meditación y todo el “mindfulness" como una especie de nueva religión del ser productivo contemporáneo. Y aquí es donde la lectura de Han puede volverse paradójica. La vida contemplativa puede ser vivida como forma de optimización para alcanzar mayor rendimiento en el trabajo.  Dejar de usar tanto el celular, salir a caminar, tener un ritual de fiestas, puede ser infestado por aquello que se quiere combatir. 
En este lugar, un poco claustrofóbico, es donde la recepción de Han es tan interesante. Como, aquello que parece combatir, lo utiliza como medio para perpetuarse. El capital parece una especie de Hidra de Lerna, cuando se le corta una cabeza le crecen dos más. Una lectura que puede entrar en consonancia con lo que acabo  de plantear es el libro  “Realismo capitalista”, de Mark Fisher. Allí se plantea la cuestión de cómo en la actualidad es más fácil creer el fin del mundo que el fin del capitalismo. Parece ser que Han, más que imaginar una sociedad netamente diferente, cree en los pequeños cambios, como si el futuro ideal sería que en vez de estar todos en el ómnibus con el celular estuvieran con un libro. Pero, ¿es esto realmente posible? 
En el debate entre el filósofo Slavoj Zizek y el psicólogo Jordan Peterson ocurrido en 2019, Zizek hace un interesante comentario sobre el pensamiento Peterson. Una de las máximas que este plantea es que una de las cosas más importantes para mejorar, para empezar a desarrollarse, para ir en el camino correcto, es, ni más ni menos, que ordenar la casa; Zizek responde, “qué sucede sí al intentar ordenar mi casa, descubres que la verdadera causa de que la casa está desordenada, es precisamente por la forma en que la sociedad está desordenada.” Lo que quiero enfatizar aquí es qué sucede si al intentar tener una vida contemplativa, descubro que mi vida es activa (no contemplativa) por la forma en que la sociedad es activa. Quizá es un punto trivial, pero me parece que hace énfasis en que, más allá de los pequeños cambios que podamos hacer en nuestra vida, la sociedad va a intentar traernos de vuelta a sus hábitos. Me gustaría cerrar el trabajo con unas preguntas, ¿cada sujeto, cambiando su forma de vida, creyendo que hay una mejor, puede de alguna manera ser un ejemplo para mejorar el mundo? ¿o la única forma de escapar de la actividad y del sistema capitalista de rendimiento al cual vivimos, es irnos a la montaña, como hizo Zaratustra en los textos de Nietzsche? 

La vida contemplativa desde la perspectiva de Byung-Chul Han, Una invitación a la inactividad y a la atención

 Sin duda he vivido demasiado tiempo en las montañas, y he escuchado demasiado tiempo a los arroyuelos y a los árboles: ahora les hablo como...